Itinerancias

En el año 2020, año de la pandemia tenía proyectado viajar a Cerro Colorado, Córdoba en Argentina, donde fui invitada a la residencia de Arte Las Cuevas. El proyecto se suspendió hasta que las condiciones cambien favorablemente para los desplazamientos. Es así que bajo el signo de la incertidumbre cuando todo se cerraba, emprendí el viaje, me moví de lugar, salí hacia el afuera. Un viaje este, más de cercanía dentro del territorio en que habito, Uruguay.

Comienza entonces la experiencia de habitar en un paisaje de sierras, en un espacio pequeño como hábitat pero vasto en su entorno. Las estaciones se fueron sucediendo, fines de verano del 2019-2020,otoño- invierno 2020,primavera-verano 2020-2021. Extraño que el mundo se haya cerrado por una pandemia al tiempo que cohabitamos entre cielo, montes, arroyos, silencios y vuelos de halcones.

En este período de impregnación, de observación, han empezado a deslizarse las tintas sobre el papel, el carnet se puebla de trazos y manchas. Parece que en otros tiempos se cultivaban papas en esta región, hoy ensayo una huerta minimalista. Abundan en los campos: la Carqueja, el Molle , Espina de la Cruz, Aromos, Madre Selva entre muchos otros a repertoriar.

El monte tiene su música de los elementos, seres y especies que lo habitan. Hay una danza hecha brisa, toda una coreografía del entramado que se teje a veces de forma caótica entre ramas, hojas y pétalos de flores que crecen en las sombras.

En el sendero que atraviesa el monte hay un corredor crujiente secreto, que vibra de forma profunda y suave, vuelve presente lo esencial. Aleteos y murmullos con los cuales aun tenemos largas conversaciones pendientes.

El papel absorbe la tinta que se expande , los trazos dibujaran apenas una emoción.